Los dueños de las palabras
Las palabras ¿tienen dueño? ¿Puede alguien, en verdad, adueñarse de una o de varias -un ramillete o un haz de ellas? ¿Se dejan, se dejarán -en todo caso- las palabras, se sujetarán a la dominación tácita de ese adueñarse? Y si hay (o hubiera) una palabra capaz de dejar que nos adueñáramos de ella ¿no sería ‘yo’? O, por mejor decir, ¿no es ‘tú’ la palabra de la que constantemente queremos adueñarnos? El poeta que quería vivir en la cima de los pronombres ¿no nos estaba diciendo que, en realidad, es imposible adueñarnos de nada? Y esa palabra que nos baila, loca, en la punta de la lengua ¿no se está burlando de nuestra incapacidad manifiesta de tomar posesión de ella y vencerla en su ley con apenas un movimiento de labios?
Vale preguntarse, por caso, si no serán las cosas las verdaderas dueñas de las palabras: las cosas que ellas mismas nombran, indican, señalan, o dan cuenta de su existencia -de su mera cosidad-en el mundo; pero no, las cosas tampoco son sus dueñas: son sólo sus depositarias, sus custodias, el pequeño tabernáculo donde se celebran conciliábulos que a los que todavía no nos es dado acceder.
Entonces, si las cosas tampoco pueden adueñarse de las palabras ¿quién podrá hacerlo? La respuesta es nadie. Las palabras son dueñas y señoras de sí mismas. Nosotros ni siquiera somos sus amos; somos, en el mejor de los mundos posibles, sus bufones, sus títeres, los monigotes que las divierten con sus intentos de atraparlas.
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Espacio a ser llenado con palabras. En filas parejas, como paralelas trazadas a regla, como sartas, como el caligrama de la lluvia de Apollinaire, que sólo hacia el final se desdibuja, volviéndose entonces verdadera lluvia. En líneas de extensión variable, a ser posible sin rebasar los límites que el decoro verbal impone. En sentencias más o menos sentenciosas, que suenen como verdades universales, o en aseveraciones más o menos líricas, que suenen como versos desechados de un gran poema aún no escrito.
Espacio a ser llenado con palabras. Porque el vacío acecha justo detrás de ellas. Porque en sus intersticios se cuela algo que no sabemos cómo se llama, para lo que nuestra lengua no nos ha dado aún un nombre, algo que nos asusta porque es lo desconocido. Porque no tenemos otra cosa con que llenarlo que no sean palabras. Más o menos largas, más o menos vistosas. Palabras. Perras negras. Hembras despiadadas. Corceles que se desbocan con suma facilidad. Colores que pintan la aldea donde nos movemos sin saberlo.
Espacio a ser llenado con palabras. Y que conmuevan. Que hagan falta. Que no sean necias ni desubicadas (pero la palabra es un desubicarse continuo). Palabras que lo digan todo en dos sílabas. To/do. Na/da. Palabras que demuestren, como en un truco de magia, que es posible llenar todo el espacio requerido sólo con sus delgadas figuras y sin haber dicho, probablemente, nada.
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El derroche
El mundo es un derroche. El amor y el bosque umbrío que se delineaba en el fondo de sus ojos eran un derroche. Los ocasos, con sus regodeos naranjas; los amaneceres, vertiéndose con su elegancia malva. Las uvas que penden en tentadores racimos son un derroche, del que ninguna mano debería sustraerse. El cuerpo es un derroche de zumos y cordiales, de esencias y vapores que producen la única alquimia posible en sus redomas cristalinas. La boca es el derroche, con su cascada de frases, su manantial de suspiros y el campanile de sus risas. Los brazos son los capitanes del derroche, con la omnipresente insignia de sus caricias. El fuego es un ardiente derroche que a veces se escurre, crepitando en medio del silencio (que también es un derroche, pero avaro, mezquino). El universo es un derroche de galaxias, de planetas, de cometas que en sus órbitas giran, descamándose y renaciendo de sus cenizas. Dios es un derroche de algo que nuestro corazón no sabe qué es, pero se empeña, febril, en averiguarlo. La vida es un derroche que se anuncia y que nos nombra cada día. El sol y las nubes son un derroche de belleza para quien quiera verla. La luna también tiende los rayos minutísimos de su derroche, con los que contornea el lomo sediento de los gatos. La ternura es un derroche supremo, practicado con mayor disimulo cada vez, cuando debiera ser una jubilosa suelta de aves infinita. La música es el derroche máximo: es el derroche metódico, pautado y puntuado para que sobrevenga todavía más derroche: es el deliquio, el summum del derroche. Y sin embargo, el derroche sublime sigue siendo el de la escritura, el de los textos que pueblan el mundo: textos que con su magnífico derroche hacen de una simple palabra, dicha en el momento oportuno, lo que nos dice aquí y ahora, y en todo momento.
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Sin revanchas
Quisiera que hubiera algo capaz de desquites infernales, de punzar la carne hasta fundir los labios en la profundidad de su reino, de hacer que el universo se detenga por más de un mísero instante -que ya se acaba. Quisiera que sólo las aves siguieran el curso fiel de su migración, que sólo los animales supieran dónde queda la guarida del amor, que sólo fueran capaces de seguir andando las piedras y los minerales: que todo lo demás se detenga y se sumerja en un eterno compás de espera, sin eterno retorno que valga. Mientras se restituye el fuego a cada sí, a cada dueño su contracara, a cada emoción la inquietud de su girándula, quisiera que los brazos se convirtieran en ríos que nos curasen del tedio con el hechizo de sus magnetos, que el corazón tuviera más sangre borbollando entre noche y noche, que el pelo fuera siempre una hoguera sin tasa, que el motor del universo no estuviera sino siempre aquí, metido en lo profundo de los que día a día se levantan y levantan consigo a la mañana. Quisiera que la galaxia entera se rindiera de una vez al deseo, que los Señores del Mundo al fin supieran que nada valen sin la bobez de su ecolalia, que los mares abrieran las compuertas que les impiden venir a lamernos -agrios y dulces- el ruedo del alma y que los pies peregrinos me llevasen a donde Dios me reciba sin revanchas.
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Ellos son los que mueven los engranajes del mundo. Ellos, los que no se conforman con lo dado, con lo que ya está escrito. Ellos, que no pueden con su alma, que se enredan en sus propias madejas, que acuden presurosos al llamado -agudo y lánguido- de sus entrañas mientras fogonean con su voz la hoguera cruel de los días. Ellos, que buscan soluciones imposibles, que discurren tan perfectamente en lo tocante a sus almas -no así en los asuntos vanos del mundo-, que pueblan su imaginación ni bien sus párpados descienden un momento. Ellos, los raros, los sublimes, los que provocan tanta desazón porque están ocupadísimos leyendo un libro; los que abren interrogantes azules, del tamaño de un cuello de cisne con sus comentarios, los que se encierran en laberintos de boj y en paraísos artificiales de su propia hechura; ellos, los problemáticos, los arduos, los que no pueden hacer las cosas como lo ordena la rutina secular del universo: los inadaptados, los que van contra la corriente, los que se emperran, se empacan, se obcecan en que no haya comas en los títulos de sus libros. Ellos, sólo ellos, los que dan vuelta la página para seguir escribiéndola hasta el infinito, los que quimerizan una simple magdalena, los que someten a juicio todas las verdades de la veleidad terrena, los que nacen con una estrella fugaz bajo el brazo, los que colonizan galaxias con unas pocas palabras necesarias, los que se evaden, se extravían -pero siempre, o casi siempre, saben cómo retornar-, los que abren puertas que siempre dan a otras puertas, los que hacen de su vida una línea, ellos parieron el verbo cortante de la poesía.
Drenka Balich, en algún momento de 2007
(¡publicado sin permiso! ¡no escaparé al largo brazo de la ley!)