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el momento oportuno (con especialización en crítica genética)

Sudestada
“Voy inundándome de música”
José Hierro 
Se abre paso con el rumoreo que invade el cielo antes de una tormenta. Tableteo lejano que altivo se acerca; nubes que en concilio se congregan presurosas; inminencias que se huelen en la súbita humedad del aire.
O se abre paso con el tronido de las grandes olas en el océano. Vastas cumbres de agua espumosa que se izan sobre sí mismas hasta desbarrancarse en sus propios peñascos y que renacen con mansedumbre allá, contra el horizonte.
Pero también se abre paso con el imperceptible bisbiseo de la sangre volcándose en trombas hacia fuera. Cauterio que se vuelve llaga o llaga que se vuelve cauterio, la cicatriz sobrevendrá después, cuando sea tiempo de unir los pálidos bordes de la herida recién abierta sobre la carne.
Y una vez que se abrió paso, que su cauce se ha tatuado, se ha arraigado en lo más hondo; una vez que todos sus remansos, sus meandros, sus costas y sus declives están establecidos, la música tapizará con más música su lecho, cincelando la pasión en el alma de quien la oye, obligándolo a esperar una nueva crecida, la sudestada definitiva.
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¿Quién ha visto un iceberg, un incandescente glaciar completo? ¿Quién ha alumbrado una flor con sólo desearlo? ¿Quién se ha regalado un minuto de tiempo, tiempo escurridizo? ¿Quién ha acariciado el tegumento de la semilla un segundo antes de que brotara en la tierra? ¿Quién ha alcanzado una nube y se ha guardado un trozo de ella en el bolsillo? ¿Quién ha salido a cazar palabras en los confines imprecisos del lenguaje? ¿Quién ha socorrido a otro sólo con la mirada? ¿Quién ha dicho todo lo que debía haber dicho -y lo que no debía y lo que ya no habrá de ser dicho? ¿Quién ha amado hasta perder definitivamente la conciencia? ¿Quién ha vuelto del infierno para revelarlo todo? ¿Quién ha emergido indemne del mar oscuro de los recuerdos? ¿Quién ha subido a la torre más alta y desde allí se ha arrojado al vacío sin vacilar? ¿Quién ha escuchado atentamente los parlamentos de los árboles, el quejido de las aguas y el planto de los guijarros a la vera del camino? ¿Quién ha salido victorioso del combate que se libra tras la cuenca de los ojos? ¿Quién ha notado el fulgor de los ocasos y la opacidad de ciertos amaneceres? ¿Quién ha podido resistir la tentación de la tentación misma?
¿Quién? ¿Acaso quien pueda contestar estas preguntas?
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¿Cuándo?
¿Cuándo se termina un amor? ¿Cuando uno dice basta? ¿Cuando el silencio se instala definitivamente, como una fortaleza inexpugnable? ¿Cuando las lágrimas son tantas que desbordan los pañuelos y se transforman en el único paisaje que nos recibe a diario? ¿O, más bien, cuando el otro se convierte en un ser de humo y apariencias que sólo se materializa en sueños y que en la vigilia se desvanece como por arte de magia? ¿O será cuando nos sentamos a tomar una taza de té ya frío con nuestra soledad enfrente?
¿Cuándo se termina un amor? ¿Cuando el reloj biológico se cansa de esperar lo que nunca llega? ¿Cuando las caricias se pierden en el valle desierto de las sábanas y las frazadas? ¿Cuando el otro sale por una puerta que nunca más lo verá entrar? ¿Cuando el teléfono suena y el corazón no nos da un vuelco? ¿Cuando salimos a la calle y las caras son grises y anónimas, un gran todo indiferenciado? ¿O cuando la lluvia nos moja la piel sin calarnos el alma? ¿O, en todo caso, cuando los libros ya no tienen la respuesta -y la música tampoco? ¿O cuando los sollozos se nos atragantan, impotentes, entre pecho y espalda? ¿O será cuando al abrir una carta sólo nos encontramos con un trozo de papel escrito?
¿Cuándo se termina un amor? ¿Cuando tachamos su número de la agenda? ¿Cuando evaporamos todos sus mails? ¿Cuando guardamos sus fotos en el último rincón del último cajón del último ropero? ¿Cuando regalamos sus regalos? ¿Cuando ya no recordamos con certeza el timbre de su voz? ¿O cuando nos enamoramos de nuevo?
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Usted ya no decide qué música se incrustará ahora en el corazón, ni qué silencio se convertirá en gemido el próximo plenilunio. Usted ya no tiene potestad sobre el territorio que antes lo adoraba, rindiéndole muda pleitesía. Usted perdió los estribos de su mandato, las riendas de sus órdenes potrancas. Usted dejó olvidado el sayo que mañana se pondrá otro, la prenda que se irá destiñendo de todos sus sabores. Usted condujo sus corceles sin el tino que la situación exigía, sin la sólida destreza que todos esperaban. Usted se convirtió en el hazmerreír de sí mismo, en su propio clown privado.
Usted ya no decide qué máscara triunfará en el carnaval de los sentidos, ni qué disfraz será declarado el más audaz entre los audaces. Usted ya no tiene patrimonio sobre la carne que antes se le encrespaba, acunándolo en su océano rumoroso. Usted extravió el talismán que ciertos ojos le brindaban, el amuleto que nacía sobre la boca de la madrugada. Usted se olvidó de todo cuanto de veras importaba, de toda lluvia y de toda mirada. Usted dedujo conclusiones apresuradas, resolvió erróneamente silogismos defectuosos, efectuó cálculos malhabidos. Usted se volvió aprendiz de brujo después de haber sido gran maestre del crisol y del astrolabio.
Usted ya no decide nada porque ya no es nadie, donde antes su sola voz bastaba.
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No escribas con el corazón en la mano: que la versura te empuñe la lapicera o el teclado y no los suelte hasta que hayas quedado

exhausto; que lo que otros llaman inspiración siga de largo por tu puerta, mientras vas cincelando el ágata de las ideas y sus mil y una aristas con tu lengua solita; que Pegaso sea sólo un caballito de juguete que un día regalarás a tus hijos, confiando en que ellos sabrán la mejor forma de despedazarlo; que las nueve musas luchen frenéticas en el barro por la tele, mientras vos te tomás una cervecita bien fría, mirándolas desdeñoso; que los oídos se te acostumbren a todos los sonidos -especialmente a los más ásperos- del idioma que tus genes te hayan legado.

 

No leas con pudor ni recato: que el barómetro de tu lectura sean los trazos cada vez más firmes de tu lápiz demarcando frases y pasajes completos, para luego arrancarlos del libro y extenderlos hasta donde te den los brazos; que seas siempre el lector más ingenuo y más crédulo y, a la vez, el más avezado, el que siempre descubre los gazapos, los fallos, los puntos de fuga de todos los relatos; que en tus sueños diurnos te visiten Dulcinea o Scherezade, Aquiles o Pantagruel y te cuenten de nuevo todos sus cuentos, incluso los que se perdieron en el tiempo; que todas las noches los párpados se te cierren, rendidos, por obra y gracia de la letra impresa.
Por último, no creas que la poesía no sirve para nada: que los versos leídos -inscriptos en el palimpsesto ardiente de tu piel- te acompañen a todos lados, haciéndote recordar que no todo es tan atroz como lo pintan y que todavía quedan rescoldos de belleza sin mácula, tintes de un fuego eterno desde los que elevarnos por encima del fango cotidiano.
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¿Qué dice el cuerpo cuando dice su labia? Si las células hablan ¿por qué nadie nos enseña su idioma? Si en cada circunvolución del cerebro yace un secreto tan milenario como antiguo ¿por qué no somos capaces de desenterrarlo? Los brazos y las piernas comparten su lenguaje bipartito pero se empeñan en seguir resguardando el delicado motor que los impulsa. Los ojos acaparan el centro de la escena, aun cuando bajan su breve e inesperado telón, pero nadie nos dice cómo enfrentarnos con lo que allí, acuoso y fulgurante, se agita. Las manos se prestan a todos los juegos mientras se coaligan en el fervor cálido de las falanges, y sin embargo, debajo de las palmas la vida pasa y pasa.
¿Qué dice el cuerpo cuando nos dice que algo le pasa? Si la sangre contiene su propio logos ¿dónde encontrar las palabras que repitan su conjuro? Si la larga cadena del ADN figura en todas las bitácoras ¿dónde anclar las islas del habla? Los pies persiguen un ideal que siempre se aleja un paso y otro y otro hacia la línea vaga del horizonte. El retablo de los huesos presta su compostura pero no revela el milagro que se organiza en torno suyo. El corazón lucha y reabsorbe, se vuelve llama y ceniza en un acto, repetido y repartido a lo largo de cantidad de escenarios para la tragicomedia siempre humana. Entonces la boca dice, con torpeza, en un balbuceo, con la voz algo apagada, lo que el cuerpo dice cuando finalmente se hace carne su conmoción diaria.
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Los dueños de las palabras
Las palabras ¿tienen dueño? ¿Puede alguien, en verdad, adueñarse de una o de varias -un ramillete o un haz de ellas? ¿Se dejan, se dejarán -en todo caso- las palabras, se sujetarán a la dominación tácita de ese adueñarse? Y si hay (o hubiera) una palabra capaz de dejar que nos adueñáramos de ella ¿no sería ‘yo’? O, por mejor decir, ¿no es ‘tú’ la palabra de la que constantemente queremos adueñarnos? El poeta que quería vivir en la cima de los pronombres ¿no nos estaba diciendo que, en realidad, es imposible adueñarnos de nada? Y esa palabra que nos baila, loca, en la punta de la lengua ¿no se está burlando de nuestra incapacidad manifiesta de tomar posesión de ella y vencerla en su ley con apenas un movimiento de labios?
Vale preguntarse, por caso, si no serán las cosas las verdaderas dueñas de las palabras: las cosas que ellas mismas nombran, indican, señalan, o dan cuenta de su existencia -de su mera cosidad-en el mundo; pero no, las cosas tampoco son sus dueñas: son sólo sus depositarias, sus custodias, el pequeño tabernáculo donde se celebran conciliábulos que a los que todavía no nos es dado acceder.
Entonces, si las cosas tampoco pueden adueñarse de las palabras ¿quién podrá hacerlo? La respuesta es nadie. Las palabras son dueñas y señoras de sí mismas. Nosotros ni siquiera somos sus amos; somos, en el mejor de los mundos posibles, sus bufones, sus títeres, los monigotes que las divierten con sus intentos de atraparlas.   
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Espacio a ser llenado con palabras. En filas parejas, como paralelas trazadas a regla, como sartas, como el caligrama de la lluvia de Apollinaire, que sólo hacia el final se desdibuja, volviéndose entonces verdadera lluvia. En líneas de extensión variable, a ser posible sin rebasar los límites que el decoro verbal impone. En sentencias más o menos sentenciosas, que suenen como verdades universales, o en aseveraciones más o menos líricas, que suenen como versos desechados de un gran poema aún no escrito.
Espacio a ser llenado con palabras. Porque el vacío acecha justo detrás de ellas. Porque en sus intersticios se cuela algo que no sabemos cómo se llama, para lo que nuestra lengua no nos ha dado aún un nombre, algo que nos asusta porque es lo desconocido. Porque no tenemos otra cosa con que llenarlo que no sean palabras. Más o menos largas, más o menos vistosas. Palabras. Perras negras. Hembras despiadadas. Corceles que se desbocan con suma facilidad. Colores que pintan la aldea donde nos movemos sin saberlo.
Espacio a ser llenado con palabras. Y que conmuevan. Que hagan falta. Que no sean necias ni desubicadas (pero la palabra es un desubicarse continuo). Palabras que lo digan todo en dos sílabas. To/do. Na/da. Palabras que demuestren, como en un truco de magia, que es posible llenar todo el espacio requerido sólo con sus delgadas figuras y sin haber dicho, probablemente, nada.
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El derroche
El mundo es un derroche. El amor y el bosque umbrío que se delineaba en el fondo de sus ojos eran un derroche. Los ocasos, con sus regodeos naranjas; los amaneceres, vertiéndose con su elegancia malva. Las uvas que penden en tentadores racimos son un derroche, del que ninguna mano debería sustraerse. El cuerpo es un derroche de zumos y cordiales, de esencias y vapores que producen la única alquimia posible en sus redomas cristalinas. La boca es el derroche, con su cascada de frases, su manantial de suspiros y el campanile de sus risas. Los brazos son los capitanes del derroche, con la omnipresente insignia de sus caricias. El fuego es un ardiente derroche que a veces se escurre, crepitando en medio del silencio (que también es un derroche, pero avaro, mezquino). El universo es un derroche de galaxias, de planetas, de cometas que en sus órbitas giran, descamándose y renaciendo de sus cenizas. Dios es un derroche de algo que nuestro corazón no sabe qué es, pero se empeña, febril, en averiguarlo. La vida es un derroche que se anuncia y que nos nombra cada día. El sol y las nubes son un derroche de belleza para quien quiera verla. La luna también tiende los rayos minutísimos de su derroche, con los que contornea el lomo sediento de los gatos. La ternura es un derroche supremo, practicado con mayor disimulo cada vez, cuando debiera ser una jubilosa suelta de aves infinita. La música es el derroche máximo: es el derroche metódico, pautado y puntuado para que sobrevenga todavía más derroche: es el deliquio, el summum del derroche. Y sin embargo, el derroche sublime sigue siendo el de la escritura, el de los textos que pueblan el mundo: textos que con su magnífico derroche hacen de una simple palabra, dicha en el momento oportuno, lo que nos dice aquí y ahora, y en todo momento.
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Sin revanchas
Quisiera que hubiera algo capaz de desquites infernales, de punzar la carne hasta fundir los labios en la profundidad de su reino, de hacer que el universo se detenga por más de un mísero instante -que ya se acaba. Quisiera que sólo las aves siguieran el curso fiel de su migración, que sólo los animales supieran dónde queda la guarida del amor, que sólo fueran capaces de seguir andando las piedras y los minerales: que todo lo demás se detenga y se sumerja en un eterno compás de espera, sin eterno retorno que valga. Mientras se restituye el fuego a cada sí, a cada dueño su contracara, a cada emoción la inquietud de su girándula, quisiera que los brazos se convirtieran en ríos que nos curasen del tedio con el hechizo de sus magnetos, que el corazón tuviera más sangre borbollando entre noche y noche, que el pelo fuera siempre una hoguera sin tasa, que el motor del universo no estuviera sino siempre aquí, metido en lo profundo de los que día a día se levantan y levantan consigo a la mañana. Quisiera que la galaxia entera se rindiera de una vez al deseo, que los Señores del Mundo al fin supieran que nada valen sin la bobez de su ecolalia, que los mares abrieran las compuertas que les impiden venir a lamernos -agrios y dulces- el ruedo del alma y que los pies peregrinos me llevasen a donde Dios me reciba sin revanchas.
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Ellos son los que mueven los engranajes del mundo. Ellos, los que no se conforman con lo dado, con lo que ya está escrito. Ellos, que no pueden con su alma, que se enredan en sus propias madejas, que acuden presurosos al llamado -agudo y lánguido- de sus entrañas mientras fogonean con su voz la hoguera cruel de los días. Ellos, que buscan soluciones imposibles, que discurren tan perfectamente en lo tocante a sus almas -no así en los asuntos vanos del mundo-, que pueblan su imaginación ni bien sus párpados descienden un momento. Ellos, los raros, los sublimes, los que provocan tanta desazón porque están ocupadísimos leyendo un libro; los que abren interrogantes azules, del tamaño de un cuello de cisne con sus comentarios, los que se encierran en laberintos de boj y en paraísos artificiales de su propia hechura; ellos, los problemáticos, los arduos, los que no pueden hacer las cosas como lo ordena la rutina secular del universo: los inadaptados, los que van contra la corriente, los que se emperran, se empacan, se obcecan en que no haya comas en los títulos de sus libros. Ellos, sólo ellos, los que dan vuelta la página para seguir escribiéndola hasta el infinito, los que quimerizan una simple magdalena, los que someten a juicio todas las verdades de la veleidad terrena, los que nacen con una estrella fugaz bajo el brazo, los que colonizan galaxias con unas pocas palabras necesarias, los que se evaden, se extravían -pero siempre, o casi siempre, saben cómo retornar-, los que abren puertas que siempre dan a otras puertas, los que hacen de su vida una línea, ellos parieron el verbo cortante de la poesía.
Drenka Balich, en algún momento de 2007
(¡publicado sin permiso! ¡no escaparé al largo brazo de la ley!)

“Algo como una mancha roja me obligó a mirar hacia el centro de la platea, y nuevamente vi a la señora que en el intervalo había corrido a aplaudir al pie del podio. Avanzaba lentamente, yo hubiera dicho que agazapada aunque su cuerpo se mantenía erecto, pero era más bien el tono de su marcha, un avance a pasos lentos, hipnóticos, como quien se prepara a dar un salto. Miraba fijamente al Maestro, vi por un instante la lumbre emocionada de sus ojos. Un hombre salió de las filas y se puso a andar tras ella; ahora estaban a la altura de la quinta fila y otras tres personas se les agregaban. La música concluía, saltaban los primeros grandes acordes finales desencadenados por el Maestro con espléndida sequedad, como masas escultóricas surgiendo de una sola vez, altas columnas blancas y verdes, un Karnak de sonido por cuya nave avanzaban paso a paso la mujer roja y sus seguidores. Entre los estallidos de la orquesta oí gritar otra vez, pero ahora el clamor venía de uno de los palcos de la derecha. Y con él los primeros aplausos, sobre la música, incapaces de retenerse por más tiempo, como si en ese jadeo de amor que venían sosteniendo el cuerpo masculino de la orquesta con la enorme hembra de la sala entregada, ésta no hubiera querido esperar el goce viril y se abandonara a su placer entre retorcimientos quejumbrosos y gritos de insoportable voluptuosidad. Incapaz de moverme en mi butaca, sentía a mis espaldas como un nacimiento de fuerzas, un avance paralelo al avance de la mujer de rojo y sus seguidores por el centro de la platea, que llegaban ya bajo el podio en el preciso momento en que el Maestro, igual a un matador que envaina su estoque en el toro, metía la batuta en el último muro de sonido y se doblaba hacia adelante, agotado, como si el aire vibrante lo hubiese corneado con el impulso final. Cuando se enderezó la sala estaba de pie y yo con ella, y el espacio era un vidrio instantáneamente trizado por un bosque de lanzas agudísimas, los aplausos y los gritos confundiéndose en una materia insoportablemente grosera y rezumante pero llena a la vez de una cierta grandeza, como una manada de búfalos a la carrera o algo por el estilo. De todas partes confluía el público a la platea, y casi sin sorpresa vi a dos hombres saltar de los palcos al suelo. Gritando como una rata pisoteada la señora de Jonatán había podido desencajarse de su asiento, y con la boca abierta y los brazos tendidos hacia la escena vociferaba su entusiasmo. Hasta ese instante el Maestro había permanecido de espaldas, casi desdeñoso, mirando a sus músicos con probable aprobación. Ahora se dio vuelta, lentamente, y bajó la cabeza en su primer saludo. Su cara estaba muy blanca, como si la fatiga lo venciera, y llegué a pensar (entre tantas otras sensaciones, trozos de pensamientos, ráfagas instantáneas de todo lo que me rodeaba en ese infierno del entusiasmo) que podía desmayarse. Saludó por segunda vez, y al hacerlo miró a la derecha donde un hombre de smoking y pelo rubio acababa de saltar al escenario seguido por otros dos. Me pareció que el Maestro iniciaba un movimiento como para descender del podio, pero entonces reparé en que ese movimiento tenia algo de espasmódico, como de querer librarse. Las manos de la mujer de rojo se cerraban en su tobillo derecho; tenía la cara alzada hacia el Maestro y gritaba, al menos yo veía su boca abierta y supongo que gritaba como los demás, probablemente como yo mismo. El Maestro dejó caer la batuta y se esforzó por soltarse, mientras decía algo imposible de escuchar. Uno de los seguidores de la mujer le abrazaba ya la otra pierna, desde la rodilla, y el Maestro se volvía hacia su orquesta como reclamando auxilio.”

Julio Cortázar, “Las ménades”.

Aporte de Drenka Balich extraído del número 56 de su boletín literario “La Granda Milito” de junio de 2005.

La música, por fin, francmasonería universal, conciliábulo eterno, aquelarre infinito, misa profana, un sabbath donde comulgar siempre y a toda hora:

“(…) y desde un chirriar terrible llegaba el tema que encantaba a Oliveira, una trompeta anónima y después el piano, todo entre un humo de fonógrafo viejo y pésima grabación, de orquesta barata y como anterior al jazz, al fin y al cabo de esos viejos discos, de los show boats y de las noches de Storyville había nacido la única música universal del siglo, algo que acercaba a los hombres más y mejor que el esperanto, la Unesco o las aerolíneas, una música bastante primitiva para alcanzar universalidad y bastante buena para hacer su propia historia, con cismas, renuncias y herejías, su charleston, su black bottom, su shimmy, su foxtrot, su stomp, sus blues, para admitir las clasificaciones y etiquetas, el estilo esto y aquello, el swing, el bebop, el cool, ir y volver del romanticismo y el clasicismo, hot y jazz cerebral, una música-hombre, una música con historia a diferencia de la estúpida música animal de baile, la polka, el vals, la zamba, una música que permitía reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, que acercaba a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les daba nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familias y amores infinitamente amargos, una música que permitía todas las imaginaciones y los gustos, la colección de afónicos 78 con Freddie Keppard o Bunk Johnson, la exclusividad reaccionaria del Dixieland, la especialización académica en Bix Beiderbecke o el salto a la gran aventura de Thelonius Monk, Horace Silver o Thad Jones, la cursilería de Erroll Garner o Art Tatum, los arrepentimientos y abjuraciones, las predilección por los pequeños conjuntos, las misteriosas grabaciones con seudónimos y denominaciones impuestas por marcas de discos o caprichos del momento, y toda es francmasonería de sábado por la noche en la pieza del estudiante o en el sótano de la peña (…).”

Julio Cortázar, Rayuela.

Aporte de Drenka Balich, del número 56 de su boletín literario “La Granda Milito”, de 2005.

“Se acordó de la ruidosa música durante la cena y pensó: «El ruido tiene una ventaja. No se oyen las palabras». Se dio cuenta de que desde su infancia no hace otra cosa que hablar, escribir, dar conferencias, inventar frases, buscar expresiones, corregirlas, de modo que al final no hay palabras precisas, su sentido se difumina, pierden su contenido y se convierten en residuos, hierbajos, polvo, arena que vaga por su cerebro, que le duele en la cabeza, que es su insomnio, su enfermedad. Y en ese momento sintió el anhelo, oscuro y poderoso, de una música inmensa, de un ruido absoluto, un bullicio hermoso y alegre que lo abrace, lo inunde y lo ensordezca todo y en el que desaparezca para siempre el dolor, la vanidad y el nihilismo de las palabras. ¡La música, la negación de las frases, la música, la anti-palabra! Anhelaba estar durante mucho tiempo abrazado a Sabina, callar, no decir ya nunca más una sola frase y dejar que el placer se funda con el estruendo orgiástico de la música. En medio de aquel feliz ruido imaginario se durmió.”

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

Aporte de Drenka Balich, extraído de su boletín “La Granda Milito”, del viernes 17 de junio de 2005.

Melodía

Detrás de la música

(para la música de C. A. H.)

Detrás de ese largo poema de melodía obsesiva que escribo pertinaz, emerge el vendaval tibio de su música. Y se instala, señora del alma, tomando todas las habitaciones, ocupando con su ardor las que tienen mejor vista, hablando en un idioma que se compone siempre de signos que me son desconocidos. Entra y sale, ordena y manda, dice y todo se hace: no son los pájaros ni los grillos ni los arroyuelos del otoño los que cantan: es su música que amansa el corazón hirsuto de las fieras que también me habitan, azuza con su rigor obstinado al custodio oficiante del cuerpo, y se ensaña majestuosa con la legión de faunos que también llevan su sangre y su rostro. Espera que la noche termine de agonizar para arrullarme los oídos con el torpor cariñoso de una madre; paciente como la víspera, se restrega entonces como un gato, arqueando contra mi mano su lomo erizado y elástico. Detrás de ella está el huracán, la catástrofe, el pandemonio, la inundación bíblica de todas esas nimiedades insulsas que conforman el mundo. Pero yo me postro, como ante un ídolo maligno, perversa inclino mi frente hasta el suelo que besan los labios sátiros de sus notas, gozosa hinco mis rodillas sobre el ácido vitriolo que va dejando el eco fulgente de su sonido. Soy su vestal, su atenta servidora, su carnal y complaciente compañera. Soy su musa, su instigadora, la partícipe necesaria de todos sus feroces arrebatos de ternura. Soy su ángel desmelenado, su cínica de ojos desfigurados por las llamaradas imprevisibles de su instrumento. Soy su rehén, su cómplice, su muñeca de trapo, su trompo, el antiguo licor que bebían dioses olvidados. Por detrás de su música estoy yo, postrada, violácea, aniquilada, efervescente y fantasmal, espejada, supliciada, hecha humo y ceniza, volátil, colonizada, ausente, perdida en un maremágnum de acordes e improvisaciones que no se acaban, deslumbrada, fatigada, anegada, irreversiblemente loca a causa de la única cosa que lo nombra con más justicia y más devoción que todas mis palabras. Detrás de su música -y de toda la música- hay un alma entregada, fundida, esmaltada, hecha trizas y elevada hasta lo Imposible con el mismo movimiento. Porque detrás de su música, en este mundo, ya no puede haber nada.

Escrito por Drenka Balich en 2005