La música es tan ubicua y antigua en la especie humana, tan integral a nuestra naturaleza, que debemos haber nacido con la habilidad de responder a ella: debe haber un instinto de la música. Así como adquirimos naturalmente el lenguaje, como un asunto de nuestras dotes innatas, así la música debe tener una base genética específica, y ser parte de la estructura misma del cerebro humano.
Un extraterrestre amusical quedaría altamente perplejo ante nuestro amor a la música; y otras especies terrestres se quedan completamente frías por aquello que nos arrebata. La música es absolutamente normal para los miembros de nuestra especie, pero completamente singular.[i] Además, se sabe que la música llega a activar a casi todo el cerebro humano: los centros sensoriales, la corteza prefrontal que es la base de las funciones racionales, las áreas emocionales (cerebelo, amígala y el núcleo accumbens del cerebro), el hipocampo para la memoria y la corteza motora para el movimiento. Cuando uno escucha una pieza de música, el cerebro vibra pleno de una intensa actividad neuronal.
Oliver Sacks está fascinado tanto por la normalidad de esta rareza como por sus manifestaciones anormales. Daniel J. Levitin, en su reciente libro This is Your Brain on Music: The Science of a Human Obsession, [Este es su cerebro oyendo música: La ciencia de una obsesión humana] [ii] trata en gran medida de la respuesta humana a la música, particularmente de los mecanismos del cerebro en los que se basa el sentido del oído común. El interés de Sacks, sin embargo, se orienta más a las patologías de la respuesta musical, lo que no nos sorprende en vista de su ocupación como neurólogo clínico. Mientras Levitin nos ofrece las peculiaridades de lo cotidiano, Sacks se aventura en lo estrambótico y lo exótico, en los déficits y excesos del cerebro musical. Sin embargo, ambos autores reconocen que lo normal es de suyo lo suficientemente exótico, y que lo anormal son solamente variaciones de un solo tema (por decirlo de un modo).
En cierto sentido, nada de lo relacionado con la música es muy “normal”, excepto en un sentido puramente estadístico. El estilo y método de Sacks en Musicophilia [Musicofilia: Historias sobre la música y el cerebro] será familiar para los lectores de sus trabajos anteriores: él nos ofrece sumarios descriptivos de varios casos que ha estudiado o encontrado, que combinan lo humanístico y lo clínico en un estilo únicamente “sacksiano” (el adjetivo parece merecido). Nunca perdemos de vista al ser humano que exhibe la patología, pero tampoco se nos deja de recordar el rol del cerebro al producir tanto la normalidad como la anormalidad. La persona, para Sacks, irreduciblemente es el centro del pensamiento, el sentimiento y la voluntad, aunque también es una marioneta de los circuitos y los núcleos que conforman el cerebro. El cerebro es nuestro destino ineluctable, pero la persona es más que una mera síncopa de las regiones cerebrales. Además, uno tiene que vivir con el cerebro que le tocó —haciéndolo lo mejor posible con sus fortalezas y debilidades contingentes— y no con el cerebro que uno habría preferido. Concordantemente, los capítulos de Sacks contienen poco de teorías y explicaciones, e incluso poco de una taxonomía sistemática, y se ocupa más bien de los detalles de los casos específicos, con esa mezcla única de empatía y alejamiento que ya mencioné. El estilo de su prosa se ha vuelto, quizá, más restringido que en sus primeros libros, menos inclinado a la hipérbole o a los vuelos poéticos; el resultado, sin embargo, especialmente en este libro, es una información más conmovedora e informativa, al menos para mí. Los estudios de casos son finamente observados, juiciosamente expresados y genuinamente fascinantes.
Sacks comienza su libro con un caso impactante, más bien literalmente impactante. Tony Cicoria, un cirujano ortopédico de cuarenta y dos años de edad, estaba haciendo una llamada telefónica a su madre cuando fue impactado en el rostro por un rayo. Inmediatamente después del evento pensó que estaba muerto, pero no recibió lesiones serias y regresó a trabajar unas pocas semanas después. Entonces, muy inesperadamente, experimentó unas intensas ansias de escuchar música de piano, algo que no había sentido nunca antes. Comenzó a escuchar música de piano todo el tiempo, nada le era suficiente. Entonces, poco después, empezó a oír música de piano en su cabeza, insistente y poderosamente; sentía la necesidad de escribirla, aunque no tenía ningún entrenamiento en notación musical. Pronto estaba enseñándose a tocar el piano, tocando las tonadas que le venían sin pedirlo, a todo momento. Tocaba el piano en toda oportunidad posible, llegando a causar distracción en su esposa. Él sufría de un mal caso de musicofilia súbitamente declarada, de algún modo desencadenada por las alteraciones cerebrales traídas por el rayo. Se había convertido, en realidad, en una persona completamente nueva, evidentemente, porque su cerebro había sido eléctricamente recableado.
El resto de la primera sección del libro, adecuadamente titulada, “Obsesionado por la música”, trata de patologías musicales, grandes y pequeñas. Sacks nota que los seres humanos no solo escuchan mucha música, sino que constantemente la imaginan; de modo que si los oídos no estén siendo musicalmente estimulados, uno puede autoestimularse musicalmente el resto del tiempo. A veces, voluntariamente producimos imágenes musicales, como cuando cantamos una canción para nosotros por el gusto de hacerlo, pero también podemos ser sujetos de una imaginería musical involuntaria. Todos estamos familiarizados con esa tonada insistente que recorre nuestra cabeza contra nuestra voluntad y nuestros gustos (Recientemente, por cerca de una semana fui presa del coro de la canción de Tom Jones, “She’s a Lady”, una canción que no me gusta y que desprecio).
Sacks llama a esas experiencia “gusanos cerebrales”, y el término es apropiado: las imágenes cerebrales pueden ser notablemente invasivas y fastidiosas, al subvertir nuestra habilidad de controlar nuestras propias vidas imaginativas. Se meten ahí y no hay manera de soltarlas. Ese es el caso “normal”, pero puede ponerse mucho peor en los casos anormales. Para algunas personas, las imágenes musicales imaginarias cruzan la línea hacia la abierta alucinación musical, con música estridente y no bienvenida que asalta la conciencia del aquejado desde el amanecer hasta el anochecer. Sacks describe varios casos de alucinaciones musicales, uno de los cuales, el caso de cierta señora O’C., de ochenta y ocho años de edad y ligeramente sorda, comenzó súbitamente escuchando canciones irlandesas de su juventud, tan alta y claramente que pensó que había dejado el radio encendido; las canciones se detuvieron sin razón aparente después de unas pocas semanas. Gordon B., violinista profesional, no podía detener sus opresivas alucinaciones musicales, pero podía controlar su curso, cambiando de un tema a otro. Generalmente, tales alucinaciones no fueron bienvenidas.
Luego están quienes sufren de epilepsia musicogénita, donde las convulsiones son producidas por estimulación musical. Lo que es notable es que el estímulo puede ser extremadamente específico; solo particulares tipos de música provocan las convulsiones epilépticas —podrían ser canciones de Frank Sinatra. En estos casos, la sensibilidad musical no es un don sino una maldición: el cerebro musical perdiendo todo control, sin consideración del bienestar de su dueño. Quizá, especula Sacks, estos días haya demasiada música, con el advenimiento del sonido grabado; quizá el cerebro humano simplemente no puede lidiar con este grado de bombardeo musical, y desarrolla extrañas patologías como reacción. O quizá la música es solamente demasiado buena, en el sentido de su poder de penetración sicológica.
El rango de la musicalidad humana es también notable, descendiendo desde el genio musical hasta lo completamente amusical (Vladimir Nabokov confesó una vez: “La música, me apena decirlo, me afecta solamente como una arbitraria sucesión de sonidos más o menos irritantes… El concierto de piano y todos los instrumentos de viento en pequeñas dosis me aburren, y en grandes dosis, me despellejan”.). Algunas personas tienen una entonación perfecta y pueden nombrar las notas tan fácilmente como el resto de nosotros nombra los colores, aunque pueden carecer de gusto musical y apreciación estética. Hay conocedores de la música con inteligencias inusualmente bajas y pobres capacidades lingüísticas; Sacks recita el caso de Martin, quien era un hombre retardado pero que sabía de memoria un par de miles de óperas (yo no sabía que había tantas). Algunas personas son sordas para la melodía pero pueden apreciar el ritmo, y otras tienen el problema inverso (aparentemente Che Guevara caía en la primera categoría). Yo mismo tengo un buen sentido rítmico, soy percusionista, pero no puedo seguir una tonada, para desconsuelo mío. La ceguera a menudo puede llevar a un inusual talento musical, como en el caso de Stevie Wonder, sugiriéndose así que la falta de estimulación visual le permite al cerebro desarrollarse en la esfera auditiva.
También tenemos el fenómeno de la sinestesia musical, en la que notas particulares son asociadas con impresiones visuales: Sacks informa que para el compositor Michael Torke, por decir, Re mayor está asociada con el color azul, y Sol menor con el ocre. Se ha especulado que los infantes son naturales sinestésicos, con sus sentidos no completamente diferenciados, y que perdemos esta capacidad a medida que maduramos (al menos, la mayoría la pierde). Incluso puede ser que el talento musical esté más difundido de lo que creemos, porque el cerebro trabaja activamente para suprimirlo; cuando se libera la inhibición, la habilidad natural es libre de flotar.
Generalmente, la memoria humana para la música es excelente; por ejemplo, la gente puede recordar canciones de su niñez con sorprendente exactitud. El caso de Clive Wearing ofrece una ilustración dramática a la resistencia de la memoria musical, dado que sufre de una amnesia extrema y debilitadora; con todo, retiene una destacable cantidad de sus recuerdos musicales. En general él tiene poca memoria de corto plazo, pero tampoco puede adquirir nuevos recuerdos de sus experiencias pasadas, de modo que todo le parece desconocido, segundo a segundo. Es una dificultad profundamente perturbadora en la que está Wearing, pero al menos puede aún tocar música y dirigirla (era un logrado musicólogo antes de que una infección cerebral destruyera su memoria).
Wearing retiene su “memoria del procedimiento” musical, esto es, la clase de memoria que se manifiesta en las habilidades prácticas, pero también retiene su gusto y apreciación musical. Esto sugiere que la memoria musical es un subsistema distinto en el cerebro humano, posiblemente ampliamente distribuido y fuertemente resistente a la degradación. Extraño como es el caso de Clive, nos recuerda algo que todos sabemos por nuestra propia experiencia: que la memoria musical tiene un poder propio. Además, la memoria musical se conecta con el sentido que tenemos de nosotros mismos, puesto que el gusto y la experiencia musicales están cercanamente vinculados a la personalidad y a la emoción. La música que recordamos es, sin exageración, parte de quiénes somos.
Quizá esta sea la razón de por qué la terapia musical funciona tan bien, otro tema del libro de Sacks. Esta terapia apunta a las regiones más profundas de la psique, donde se intersecan la emoción, la memoria y el ser individual. La terapia musical puede ayudar a pacientes que sufren afasia y parkinsonismo; y la música puede también modular el comportamiento lleno de tics característico del síndrome de Tourette. La música puede causar movimientos que no pueden causar otros estímulos, a veces produciendo coordinación a partir del caos. Sacks cita el caso de percusionistas de jazz con el síndrome de Tourette que pueden canalizar sus cataratas motoras a lo largo de coherentes ritmos, y cita también a los círculos de percusión terapéutica que reúnen a individuos para sincronizar su energía touréttica.
La capacidad de la melodía para calmar, y la del ritmo para excitar, son obvias para cualquiera que tenga sensibilidad musical. La música está tan íntimamente conectada con la emoción y el movimiento que su poder puede ser aprovechado para producir ambos tipos de respuestas. Se sabe que la música excita la corteza motora incluso cuando quien la escucha realmente no se está moviendo, así de íntimamente vinculados están el oído musical y el movimiento corporal. Esta es la razón de por qué sentarse sin moverse durante un concierto va contra los impulsos de la mayoría de las personas. Con todo, el poder propulsor del ritmo, tan evidente en nuestra experiencia cotidiana de la música, es en realidad bastante enigmático. ¿Por qué la mera regularidad de un ritmo debería causar que el cuerpo se sacuda? ¿Cuál es la precisa relación entre la secuencia temporal de los sonidos escuchados y los movimientos de las extremidades y el tronco? No respondemos de ese modo al lenguaje y a otros sonidos, ¿por qué sí a los sonidos musicales?
La última parte de Musicofilia discute la depresión, la demencia y el síndrome de Williams. En la depresión severa, tras el sufrimiento la música puede perder su atractivo, sonando sosa y sin sentido. No obstante, como informa Sacks a partir de su experiencia personal, puede también ser el resorte que levanta la depresión profunda. En la demencia, pueden liberarse poderes musicales dormidos a medida que se deteriores funciones más cognoscitivas. En la gente con síndrome de Williams, causado por un defecto genético altamente localizado, encontramos una combinación de hipermusicalidad y de limitaciones cognoscitivas; esa gente también exhibe una amigabilidad extrema hacia los extraños combinada con la indiferencia y la ineptitud con respecto al medio inanimado, a menudo siendo incapaces de dibujar figuras geométricas simples o incluso de atarse los cordones de los zapatos. Ellos muestran una muy especial combinación de fortalezas y debilidades psicológicas, con una correspondiente divergencia de lo normal en su estructura cerebral (corteza visual más pequeña que la normal y corteza auditiva más grande). Aquí, la fisiología del cerebro se proyecta nítidamente en el perfil psicológico, demostrando así que el cerebro es destino, realmente.
En un punto de su discusión de la música y las emociones, Sacks tiene esto que decir: